Cuando tomé en verdad a Cristo, habían pasado más de dos años desde que dijera la oración donde lo ponía como mi señor y mi guía, no me importó volver a hacerla, reafirmaba lo que la primera vez dije, pero me sucedió algo totalmente inesperado: Me sentí totalmente apartada del mundo, como si de repente ya no perteneciera a él. Fue bastante extraño, veía a todo el mundo ajeno a mí excepto a quienes creían como yo que Jesús es el camino.
Me asusté pues creí que estaba volviéndome loca, que no podía tener esa sensación. Me daba miedo que me dijeran que me estaba volviendo loca o fanática. Que las cosas que leía me estaban quemando el cerebro. así que hice lo único que me quedaba: orar.
Dios no me dejo, como siempre, me mandó la respuesta a través de un libro que estoy leyendo. Lo que sentía era perfectamente normal porque efectivamente Dios me había separado del mundo y de los gentiles. Era una más en la familia de Cristo. Por eso mismo veía y entendía el mundo con nuevos ojos, con un nuevo corazón. Dios me estaba llevando a un cambio y renovación total, en donde jamás volvería a sentir miedo ni estaría preocupada por que habría de comer en mi casa. De pronto vi que el mundo caminaría mejor sí todos lo viéramos con los ojos del Señor.
Fue tranquilizador saber que estaba sintiendo lo que debía sentir, que no estaba loca sino que Dios me estaba salvando. Así que agradecí y ahora me encuentro en camino a saber más del Padre para poder compartirlo con otros. Doy gracias por eso.
"A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos" Mateo 10:32-33
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